El demonio pacífico

Me había despertado y lo primero que vi fue el cielo, bañado de sangre maldita y matanza. Lo segundo que vi fueron mis manos. Al sentarme, mi abdomen y mis piernas.

Mi piel era completamente roja y rodeada de lo que parecían ser unos tatuajes extraños. Luego me percaté del par de colmillos sobresaliendo por los rabillos de mis ojos, eran míos. Eran cuatro de enorme tamaño en total. Analicé mis alrededores y noté la presencia de muchos otros como yo: baja estatura y mirándose a sí mismos. Luego, en sincronía, dirigimos nuestra mirada a otro idéntico a todos nosotros, pero con una pequeña diferencia: nos llevaba cinco veces nuestro tamaño.

«Nuestro progenitor», supuse, sabiendo que no era la única.

Todos nos levantamos y, como si hubiéramos nacido sabiéndolo, fuimos a continuar con el festival de sangre humana que causaban los de nuestra especie. Si es que podíamos considerarnos especie.

No sentía la necesidad de preguntar «por qué», el porqué de la matanza, el porqué de mi existir, el porqué de mi destino; nada de eso. Yo simplemente seguía lo que mi alma maldita dictaba. Quería bañarse de sangre hasta que ésta se evaporara del planeta entero.

No fue hasta algunos meses después que entendí la necesidad de esta matanza sin fin. A raíz de eso, nuestros tamaños y nuestra fuerza aumentaba, al igual que aumentaba nuestra sed de sentir el interior de un cuerpo humano y sus gritos de agonía. No tenía tiempo de escuchar otra cosa más que sus molestos ruidos al morir. ¿Acaso no podían ser silenciosos y aceptar que se iban a ir de este putrefacto planeta? La mayoría de aquellas almas se iban a algún tipo de paraíso que jamás vi, jamás tendré la oportunidad de verlo. Otras almas, más aferradas a la vida, permanecían deambulando por estas desoladas tierras sin poder ser vistas u oídas. Pero, en lo general, simplemente se iban para siempre. Nadie recordaría ni su rostro, ni su voz, ni su destino.

En fin, yo no era nadie para hacer aquellas conclusiones a la ligera, apenas había comenzado a existir y no sabía por qué. Pero existía.

Nuestro próximo destino era un pueblo lo suficientemente grande como para completar nuestro crecimiento y entrar de una vez por todas al infierno. Porque lo único que sí sabía era que asesinaba para ser capaz de soportar ese despiadado lugar.
Mi grupo se separó y fue primero por las almas más fuertes y valientes. Quién diría que, aún sabiendo que no son nadie comparado a nuestra existencia, fuerza y, para rematar, nuestros pesados garrotes de hierro, aún así querían enfrentarnos. ¿Qué tanto amaban la vida como para querer sobrevivir? ¿Por qué vivían si eran demasiado débiles comparados a otras especies mucho más fuertes? En cualquier momento, llegaría a morir el último de ellos, y tal vez no por nosotros, porque al fin y al cabo cualquier otra especie los supera en fuerza y sabiduría. Nosotros veíamos y sabíamos. Ellos creían, eso era todo.

Exterminar aquel pueblo, que en un principio parecía pacifista y minúsculo, al final nos llevó cinco días. Tomamos a las mujeres para criar más de nosotros en sus vientres. A algunos hombres para forjarnos más armas. Por otro lado, los niños eran un buen festín.

Llegó el último día, nos llevamos a las mujeres, nos comimos a los hombres y tomamos nuestras armas mejoradas y reforzadas, nos aseguramos de que ningún niño siguiera oculto. Y sí, ahí fue mi error, o podría considerarse mi evolución. Pues verán. Sí, había un niño. No, no lo sabía. Sí, estaba llorando. Y no, yo no conocía lo que era el llanto. Su madre seguramente estaba prisionera con un parásito maldito en su vientre; su padre, probablemente decapitado y devorado lentamente frente a sus ojos. Este niño lo vio todo y quedó tallado en sus ojos, tal vez por siempre, tal vez hasta que alguien lo descubriera y se lo trague como a todos. Uno de los míos también lo vio y me dio la orden de acabarlo, estaba por hacerlo hasta que me acerqué lo suficiente como para ver eso en sus ojos. Lágrimas. Pero no era un llanto de desesperación y anhelo para sobrevivir. Al chico no le importaba lo más mínimo morir en ese momento, más bien, estaba destrozado por perder a sus padres, su felicidad, sus fantasías sobre volverse un vigoroso guerrero como su padre y cuidar a su madre hasta que diera su último suspiro. Lo había perdido todo, y lo que menos le importaba ahora era perder su vida. Eso me decían sus lágrimas.

Ahí fue donde dudé cinco segundos, suficientes para que todos los de mi especie, incluyendo los que nos veían desde el infierno, me condenaran a muerte. Tardé unos segundos en entender la gravedad de lo qué hice, miré al niño, miré a los míos, miré al suelo, miré al cielo.
El cielo ya no era rojo, era celeste.
El bullicio comenzó, los de rango más alto exigían mi destierro, otros como yo no aceptaban menor pena que mi ejecución.

—¡Su alma titubeó! —dijo uno.

—¡Quítenle de sus armas! —ordenó otro.

—¡Hereje! —gritó la mayoría.

—¡A por ella!

Tomé al niño del tobillo izquierdo y partí al norte, corriendo sin parar y sin darme la vuelta. Por suerte, uno como yo nunca se cansaba, uno como yo sólo se dedicaba a matar sin parar.

—No... —me convencí—. Nadie como yo salvaría a esta criatura.

Miré el rostro de a quien había salvado, aterrado, la escena en la que perdía su inocencia y felicidad por siempre se repetía una y otra vez en sus ojos, y aunque dejara algún día de verlo, su memoria estaría allí para recordarlo. No entendía qué hacía, no sabía por qué lo hice y qué iba a hacer, pero, desde un principio, tampoco entendía por qué tenía que matar para poder entrar al infierno. Corrí durante un mes, solo paraba para cazar a cualquier ser vivo y dárselo al niño. En un principio reaccionaba mal, lo devolvía en forma líquida por la boca con un color amarillento, o por el ano, con un color marrón. Yo no entendía por qué no lo podía comer y tampoco por qué se lo comía de cierto color y lo largaba de otro. Intenté preguntárselo, pero no entendía mis palabras, y yo no entendía las suyas, por lo que me vi obligada, aunque no quisiera, a aprender su idioma por el medio más sencillo.

Un día después de la charla que ninguno pudo entender, entramos en un pueblo. Tal vez fue por mi apariencia que en un principio gritaron de terror, y tal vez fue luego que por ver al niño de mi mano se quedaron todos en silencio, expectantes. Me paré en el centro del pueblo y me agaché para señalar el estómago del niño, mientras que él miraba a todos con pequeños destellos de esperanza en sus ojos. Tardaron largos minutos en moverse, pero todos fueron a sus casas, trasladando leña y carne de un lado a otro, hicieron una hoguera enorme. Es entonces cuando entendí qué me faltaba a mí al querer alimentarlo.
Por alguna razón, el simple hecho de aparecer con un niño provocó que los humanos me miraran con cierta curiosidad más que solo terror. Me temían, sí, pero se acercaban a mí.
Cuando cayó la noche, esperé a que el niño se durmiera para poder salir a dar una vuelta por mi cuenta.
Entré a una de las carpas en las que solo habitaba una persona para no alarmar a nadie, debía hacerlo rápidamente y sin levantar sospechas. Me apoderé de sus memorias, sus costumbres, su idioma y de su cuerpo material. Me dolía tener que volver a hacer algo así, pero era la sangre de uno por la vida de cien. Así fue como justifiqué mis fines.

—Se ha ido —le dije al niño a la mañana siguiente. Se había puesto histérico al notar mi ausencia—. Pero tranquilo, me ha dejado sus poderes inhumanos.

—¿Eres una mujer superfuerte? —me preguntó el niño. Asentí y se lo demostré inclinando árboles pesados, sin sacarlos de su preciada tierra. El chico reaccionó con un «Woooow» al presenciar eso.

Luego de mi demostración, tropecé con una raíz que había quedado por encima de la tierra, caí de lleno sobre el suelo y me cubrí de tierra recién removida. El cuerpo era nuevo, había reducido dos veces su tamaño, mi complexión era más delicada. Tenía sangre recorriendo mis interiores. Sangre que, si dañaba mi nueva y delicada piel, escapaba hacia el exterior mientras muchas otras células trataban de cubrir la apertura.

Luego de ese acto de torpeza por no acostumbrarme a mi nuevo cuerpo humano, conocí la risa. La risa de aquel niño que me vio caer y sentir aquella reacción involuntaria brotar desde su garganta y soltarla en forma de carcajadas. Su alma brillaba y recuperaba su inocencia perdida, aquella que un niño debía tener para creer en sus fantasías.
Por alguna razón, sonreí.

Así pues, partí en una sola dirección con el niño, pasando por pueblos y aldeas, cazando y creando hogueras para que el niño comiese. Él me preguntaba por qué no comía yo. Pues, a pesar de ahora tener un cuerpo humano, mis necesidades no eran humanas, por lo cual no se manifestaba ni el sueño, ni el hambre, ni la sed. Solo quería matar. Pero juré por la criatura que me convirtió en una hereje que jamás volvería a arrebatar una vida inocente, ni siquiera una culpable, ninguna vida sería tomada por mis manos.

El niño me acompañó ochenta años, se fue como un guerrero al igual que su padre. Se fue a reencontrarse con su madre para cuidarla.

Desde entonces me he dedicado a alargar la vida de aquellos que corren peligro, dejando que vivan a mi lado con tal de estar a salvo. Mi especie, por alguna razón, no volvió a mostrarse ante mí, aunque sentía la mirada de todos apuñalarme la espalda desde abajo. Un lugar que nunca visité y nunca me interesó hacerlo. Tal vez sea una hereje…

—Pero soy alguien que evolucionó para proteger a los más débiles —le dije al cielo color celeste—, en un mundo repleto de poderes inhumanos que podrían arrebatar sus vidas en un abrir y cerrar de ojos.

Quienes conocieron mi naturaleza me llamaron «El demonio pacífico». Aquellos que se encuentren a los filos de la muerte y griten aquel nombre serán capaces de sobrevivir.


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